DISRUPCIÓN Y POPULISMO: INNOVACIÓN Y EL ÁMBITO POLÍTICO (Ricardo Guraieb Chahín - Criogas)

Por: Ricardo Guraieb Chahín

DIRECTOR GENERAL

CRIOGAS


Clayton Christensen, gurú de la innovación y creador del concepto de innovación disruptiva, falleció en enero de 2020. A propósito de su muerte, y en su memoria, busco extrapolar el proceso de innovación disruptiva a las condiciones políticas actuales en México. Así, trato de explicar los mecanismos por los cuales hoy nuestra sociedad (de México, y en general en el mundo) cuestiona los modelos que nos rigen, y busca replantear paradigmas que por décadas han impulsado las políticas económicas y sociales en el mundo.

1. ¿Qué es la innovación disruptiva?


La innovación disruptiva es un proceso – no es un resultado, ni un objetivo – por el cual una empresa pequeña utiliza menos recursos para resolver un problema de manera más eficiente que una empresa grande. Hay un error de concepto en el uso del término “disruptivo” como lugar común. Para que una empresa verdaderamente sea disruptiva, primero, debe nacer satisfaciendo la necesidad de un segmento pequeño y desatendido en el mercado; o bien, debe crear un mercado donde no existía previamente. Segundo, y muy importantemente, un proceso disruptivo inicia con un producto al principio inferior a la oferta tradicional, que posteriormente mejora su desempeño, y logra así posicionarse en el mercado “mainstream”. Cumplir estas dos premisas es esencial para poder ser un innovador disruptivo.


Para ilustrar el concepto, tomemos dos ejemplos: las aerolíneas de bajo costo y las televisiones LCD.


Las aerolíneas de bajo costo son claros ejemplos de innovación disruptiva. Cuando estas aerolíneas iniciaban operaciones estaban dirigidas a un segmento de mercado desatendido por las grandes aerolíneas, pues buscaban pasajeros que ansiaban viajar, pero no podían pagar los costos estratosféricos de las aerolíneas tradicionales. Segundo, fácilmente podemos demostrar que su producto era inferior en muchos sentidos a las aerolíneas tradicionales: no proveían alimentos a bordo, no asignaban asientos, atendían (sobre todo en Europa) en aeropuertos alternos, y tenían flotas aéreas de segunda mano, entre muchas otras cosas. Poco a poco se fueron posicionando en el mercado, conforme las aerolíneas tradicionales fueron perdiendo terreno y recortando gastos, y también conforme las aerolíneas de bajo costo comenzaron a elevar sus estándares de servicio. Y así, se rompieron paradigmas y se rediseñó el mainstream del mercado.


Tomemos, ahora, el caso de las televisiones LCD. Si bien son un claro ejemplo de innovación sostenida, por definición no deben considerarse como una tecnología disruptiva. Por un lado, nunca estuvieron dirigidas a un sector pequeño y desatendido. Su target fue siempre el mainstream. Y segundo, sus atributos de desempeño fueron, desde un comienzo, muy superiores a las televisiones de tubo catódico. ¡Felicidades por la innovación!… pero de ninguna manera puede ser catalogada como innovación disruptiva.


Clayton Christensen, quien definió por primera vez el concepto de innovación disruptiva, afirmó que todo proceso de innovación inicia con una pregunta: ¿cuál es la tarea que debe hacerse? La respuesta a esta pregunta es muchas veces diversa. La tarea puede realizarse de muchas maneras y el objetivo será el mismo. La disrupción llega cuando se utilizan menos recursos y el problema se resuelve eficientemente.


2. ¿Cómo debemos entender la innovación disruptiva, y por qué es importante hacerlo?


La innovación disruptiva no funciona bien en otros lugares de innovación científica o tecnológica, porque ocurre naturalmente en un ambiente menos organizado y de menos recursos. De ahí que emane de las dos premisas esenciales que ya mencioné. Normalmente una empresa grande y bien establecida se enfoca en potenciar sus fortalezas probadas para maximizar sus ganancias, y difícilmente aterriza en nuevas oportunidades o en mercados desatendidos.


Ahí está la magia de la innovación disruptiva, además de la gran oportunidad de las empresas mexicanas. En un país donde la innovación sostenida es prácticamente imposible de lograr, pues la triple hélice de la innovación (la interacción entre gobierno, academia e iniciativa privada) se encuentra fracturada, hay amplios espacios para desarrollar innovaciones disruptivas.


Piensa en un momento en tu mercado. Quisiera que plantearas una visión estratégica sobre cómo innovar en tu empresa, mediante tres preguntas, que, si bien son sencillas, deben ser respondidas con profundidad y mucha creatividad.


- Cuando tus clientes adquieren tu producto o servicio, ¿qué tarea esperan que resuelva?

- ¿Por qué existe un segmento desatendido en tu mercado?

- ¿Quién, tú o tus competidores, está en mejor posición de resolver ese pero del sector desatendido?


3. Y eso, ¿qué tiene que ver con política?


Pensemos ahora que el planteamiento de innovación disruptiva es fractálico: puede interpolarse a dimensiones menores, o extrapolarse para contemplar universos mayores. Pensemos que aplica a cualquier escala, en cualquier ente gestionable (empresa, municipio, familia) y sus efectos pueden ser multiplicadores en cualquier nivel. En este ensayo vamos a ponernos creativos, y pensar en el proceso de innovación disruptiva en el ambiente político y cultural de México. Respondamos a estas tres preguntas desde el punto de vista de la administración pública en México.


¿Cuál es la tarea que hay que hacer?


Si el producto es el conjunto de políticas públicas, el trabajo que desempeñan es brindar bienestar económico y social a la población. En un sentido más enfocado a la problemática en México, la respuesta bien podría ser erradicar la desigualdad.


¿Por qué existe un segmento desatendido en el mercado?


El planteamiento en un “producto” que erradique la desigualdad es muy diverso. Puede ser económico: brindar un ingreso que permita adquirir bienes y servicios de calidad a la población. Puede ser de infraestructura: crear las condiciones de competitividad para que se generen más y mejores oportunidades. Puede ser meramente social: fortalecer los espacios de interacción cívica y social (escuelas, museos, espacios públicos…) para fomentar condiciones sociales equitativas. Así, existe un segmento desatendido porque, en general, el planteamiento en México del “trabajo a realizar” ha estado enfocado en resolver necesidades económicas: brindar un ingreso a la población, a través de fuentes de empleo, generadas o incentivadas por la inversión privada. En el entorno económico neoliberal mundial, la necesidad se resuelve para un mainstream social: personas con acceso al menos a una educación técnica o media-superior; residentes de áreas urbanas y con acceso general a cierta información del mercado laboral. Pero deja desatendido a una proporción muy importante de la población. Por eso el discurso de las nuevas corrientes políticas, como la marea rosa o la alt-right, ha sido exitoso: atiende a un mercado soslayado por el mainstream ideológico neoliberal.


De la misma manera, esos modelos socio-políticos son disruptivos al cumplirse la segunda premisa: al menos ahora, que vislumbramos sus inicios, se nos presentan con estándares de desempeño no solamente mucho muy inferiores a los tradicionales, sino que, en general, parten incluso de premisas erróneas, mal enfocadas, o en muchos casos, ya fracasadas.


¿Quién está mejor posicionado para resolver el gran pero de los modelos sociopolíticos “convencionales”?


Es esta tercera pregunta la más crucial y urgente de comprender. Existen grandes peligros en los modelos disruptivos de hoy día. En primera instancia, porque han sacudido las convenciones actuales, con implicaciones muy peligrosas para las instituciones que han ayudado a asentar paradigmas de orden mundial, y que han sido establecidas para cubrir fallas de mercado. Es decir, el mismo modelo neoliberal ha reconocido, en los años que ha madurado, que no todo en el ámbito político o social puede ser resuelto con modelos económicos. Los modelos populistas actuales, por el contrario, han ignorado el beneficio de estas instituciones, para confrontar a sus detractores con sus defensores. Finalmente, en términos de la innovación disruptiva, han cimbrado estas instituciones con el discurso de reinventar el status quo.


Regresemos por un momento al planteamiento académico de innovación disruptiva de Christensen. Él afirma que un competidor del mercado rara vez hace caso de un jugador novato pues, al principio, no representa una amenaza evidente (atiende un mercado “bajo” y sus estándares son inferiores). Los videoclubes perdieron esta apuesta al subestimar el poder disruptor de las plataformas de streaming. Los fabricantes de equipos para fax nunca vieron venir el punto de inflexión en el cual se masificó el correo electrónico. Así seguramente también ocurrió en ciertas esferas políticas: ¿quién opta por sumarse a una corriente populista cuyos argumentos de desarrollo y bienestar están basados en modelos que fracasaron en el pasado?


Por eso ahora es tan importante plantearnos una cuarta pregunta. Como empresarios, y por tanto, jugadores naturales en el campo mainstream de la política nacional actual, ¿cómo podemos ser nosotros quienes estemos mejor posicionados para atender los peros de la sociedad que ha quedado al margen de las políticas neoliberales?


Aquí me parece clave entender el papel que desempeñamos como individuos y como sector.


Como individuos, debemos garantizar no sólo el acceso a un trabajo digno y bien remunerado: eso, en realidad es una obligación moral y patriótica. Debemos también luchar constantemente por ser empresas al frente de la innovación y la competitividad. Esto ayudará a generar no sólo mejores empleos, sino mejores condiciones para todas las partes interesadas que nos rodean en nuestros negocios: clientes, proveedores, sociedad y gobierno. Se cierra, así, el ciclo en la visión fractal de la innovación disruptiva.


Como sector, nos ha faltado ser contundentes con las fuerzas políticas. En el pasado, el confort del modus vivendi al que tenemos acceso en las altas esferas sociales de México (el mismo confort que nos mantiene alejados de la búsqueda de la innovación) nos mantuvo pasivos ante la falta de atención de nuestro gobierno hacia los sectores marginados: la corrupción nos lastima, pero nos da miedo confrontarla, porque a veces, siendo partícipes, nos beneficiamos de ella. La falta de competitividad nos limita, pero en este ambiente anticompetitivo se gestan grandes monopolios. Y el tercer elemento lacerante en México es la inseguridad, pero la entendemos como un subproducto del mal gobierno, cuando, en realidad, es subproducto de una sociedad dividida.


A la luz del modelo de la innovación disruptiva, debemos cambiar nuestros propios paradigmas para evitar que un gobierno populista sea quien los cuestione, e imponga un nuevo status quo radical y potencialmente devastador. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que la disrupción política altere el orden y progreso mundial, en aras de la consecución del poder y el control del futuro de las generaciones venideras. Espero que todavía estemos a tiempo de lograrlo.

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